May 18 2016

¡La vida da cada vueltas!

Por Raúl Verdecie/CO8ZZ

Corría el año 1989 cuando por vez primera escuché hablar sobre radioafición. Comenzaba a cumplir el Servicio Militar en una unidad de comunicaciones como radiotelegrafista. Durante las muchas tertulias que hacíamos mientras esperábamos trasmitir o recibir radiogramas en los turnos de guardia, Julio Espinoza, un compañero de “dihs y dahs” me habló sobre el tema.

Él y otro “caja”, como se les llamaba (no se si aún se usa este término) a los del mismo llamado, pero que estaba en otra unidad lejana, estaban en los ajetreos de antecedentes penales y otros documentos para examinarse, así que constantemente se comunicaban por teléfono para reportar sus avances burocráticos.

A medida que progresaban en sus propósitos me fueron contagiando el “virus”. Por aquellos días tuve mi primer contacto “real” con un radioaficionado, también gracias a Julio, quien me lo presentó. Se trataba de José Suñol, que en aquellos momentos era CL8SU y cotidianamente visitaba el centro de comunicaciones de mi U/M. por su trabajo como técnico de pizarras. Fue a través de su radio “Islander” y con su indicativo (¡esto no se lo digan a nadie!) como realicé mis primeros contactos en la banda de cuarenta metros, mucho antes de examinarme.

De aquella época también recuerdo a Joseito/CM8FV, Angelito/CM8BC (SK), Benito/CO8AQ (SK), Pancho/CO8FA, Emilio/CO8EB y otros en quienes busqué y siempre encontré ayuda. Unos se mantienen en activo y otros, desafortunadamente, ya no están entre nosotros por una u otra razón. En 1991, cuando me licenciaron del ejército, examiné y comencé a construir un “Islander con pedigrí”, como siempre he dicho. ¿Recuerdan aquellos “kits” que vendía la FRC? De aquella importante etapa de mi vida en el servicio militar, además de la inigualable experiencia vivida y la gran cantidad de buenos amigos cultivados, heredé la pasión por la radio y, además, mi primer cable coaxial que, por cierto, luego de tantos años aún utilizo en una de mis antenas. ¡Qué calidad!

Sin dudas, esta historia tendrá puntos en común con muchas otras, pero lo singular de ella es que ni Julio ni su amigo jamás se examinaron para radioaficionados y aún ahora, cuando nos encontramos en la calle y recordamos aquellos años, nos resulta inconcebible y hasta terminamos riendo de las vueltas que da la vida.

 

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